En el sofá, jugando a vídeo juegos, viendo la tele, viendo series, viendo películas, leyendo... Todo eso está muy bien, si lo compaginas con ver el mundo exterior y mover el cuerpo. Mis movimientos eran del sofá a la cocina, de la cocina a la habitación, de la habitación al baño. ¿Qué pasaba cuando iba con mis amigos al monte alguna vez? Sufría. Iba detrás, quejándome por dentro, sintiendo chirriar cada articulación, el corazón acelerado, sin aire, ralentizando a los demás...
Las mañanas eran un horror. Madrugar era tortura.
No sólo no hacía ejercicio sino que al ver a los demás hacerlo solía pensar "¡Qué pringaos!". Imaginad de qué partía yo. De un cuerpo abandonado, fofo. De una actitud anti-ejercicio, negativa.
El placer se encontraba en la comida que menos me convenía.
Un día en que me armé de valor, me subí a una báscula. Sí, había batido mi récord. No tenía sobrepeso... Había alcanzado la obesidad tipo 1.
La ropa. Ya no hay ropa que siente bien en ese punto. Las fotos se convierten en un suplicio. Ver fotos de las vacaciones, que tendría que evocarnos momentos felices y hacernos sentir bien al revivirlos, se convierte en una auténtica fuente de dolor. Ver toda esa carne, ver cuánto más ocupas que el resto, ver ese cuello con doble pliegue, esa tripa, esas ropas que no te sientan bien... (¿y ver la desnudez? eso ya es lo peor)...
Ahí empezó para mí algo. Un pensamiento... que me llevó a otros... pensamientos que me llevaron a la acción.
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